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Capilla Del Señor

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Según cuenta la leyenda y crónicas de época, , hacia fines del siglo XVI, buena parte de las fértiles tierras situadas a poco menos de 90 kilómetros en dirección noroeste de lo que tiempo después sería el puerto de Buenos Aires, pertenecían a un potentado de apellido Barragán. Hombre de campo afecto a recorrer cotidianamente su propiedad, ciertas leyendas originadas en tradiciones marianas señalan que una tarde se topó con un crucifijo abandonado en las orillas del arroyo que atravesaba su campo. Como buen creyente, consideró el hallazgo una revelación y al poco tiempo hizo edificar en el lugar un oratorio, o pequeña capilla, como reconocimiento a esa sorpresa divina. Con el correr de los años, los vecinos comenzaron a referirse al lugar aludiendo a la Capilla del Señor.

Esas tierras , bautizadas como Cañada de la Cruz por Juan de Garay luego de la segunda fundación de Buenos Aires, se extendían sobre ambas márgenes del Arroyo de la Cruz, donde Barragán protagonizó el mencionado y legendario hallazgo. Un curso de agua que nace en Luján, zigzaguea hasta Zárate para desembocar finalmente en el Paraná.

Como una premonición bautismal, hacia mediado del Siglo XVII, el capitán Francisco Casco de Mendoza, dueño de una estancia que cobijaba a la cañada, solicitó al obispo de Buenos Aires la licencia necesaria para levantar un oratorio familiar. Lo llamó Capilla del Señor de la Exaltación de La Cruz y puede tomarse como punto de partida de la apasionante historia de una geografía tan fecunda como la gente que la habitó desde entonces.
Hacia 1772, los descendientes del capitán Casco de Mendoza vendieron los terrenos que rodeaban la capilla original , devenida años después en lo que actualmente es la iglesia central , dando origen al pueblo de Capilla del Señor. La primera referencia textual del enclave data de 1784 y está firmada por Félix de Azara, quien testimonia haber visitado "un Pueblo llamado La Capilla del Casco, curato que tendrá inmediatas a la iglesia 25 casas tal cual cubiertas de tejas como también la iglesia". En 1789, un censo de hacendados indicaba que la población se componía de 39 vecinos con sus respectivas proles. Por entonces, el lugar era punto de recalada de los carruajes que se desplazaban desde Buenos Aires hacia el noroeste; en especial, a la ciudad de Córdoba.
Como casi todos los pueblos de la época, la vida social tenía como epicentro a la plaza central y sus aledaños. Por razones culturales, políticas y algunas veces insondables, el nombre de esa plaza cambió en cuatro oportunidades. Fue, sucesivamente, Plaza Central, Plaza de la Concordia, 9 de Julio y San Martín, denominación que conserva actualmente. En uno de sus flancos, sobre la entonces llamada Calle de la Alianza, Bernardino Rivadavia, ministro de Gobierno de Martín Rodríguez, fundó en 1821 la primera escuela pública bonaerense.

Un par de décadas antes, la zona había comenzado a capitalizar migraciones significativas; internas, las más importantes, pero también de extranjeros movidos más por decisiones administrativas ajenas que por deseos personales. Entre estos últimos figura un nutrido grupo de irlandeses que se asentaron en los alrededores de la plaza central. En sus orígenes, se trataba de soldados capturados durante las invasiones inglesas a quienes las autoridades decidieron trasladar al lugar, y cuyos descendientes eligieron quedarse a vivir en el pueblo. Esa fue la razón de que apellidos como Gaynor, Lennon, Dillon, Mc Guire y Kid comenzaran a leerse en las lápidas del cementerio local. Otras comunidades foráneas, al igual de lo que sucedió en diferentes regiones del país, fueron aportando su caudal cultural y humano a la población capillense: sirios y libaneses , abocados principalmente al comercio y representados hasta el presente por el Club Honor y Patria, vascos pioneros de los más prósperos tambos de la región y hasta africanos, representados por esclavos liberados, que encontraron en estas tierras la posibilidad de elegir su destino, desempeñándose básicamente en tareas de servicio doméstico o en el peonaje rural.
En 1828, el agrimensor Raimundo Prat elaboró lo que constituye actualmente el documento catastral más antiguo del pueblo. Cuarenta años más tarde, según se desprende del censo realizado en 1869, la cantidad de familias establecidas en el casco urbano superaba las 209, totalizando 1116 habitantes. El relevamiento aportaba, además, un interesante perfil edilicio. Identificaba tres categorías de construcción: "De madera", "De azotea" y "De techo de paja". En el primer grupo solo militaba una casa, sumando 83 las del segundo y 173 las techadas con paja.
Obviamente, la estadística no se detenía en referencias arquitectónicas muy particulares, como la de El Mirador, esa casona de dos plantas, con su torre-mirador, levantada en la esquina de las calles Mitre y Estrada y en la que, desde 1960 funcionaba un casino instalado siguiendo estilos europeos, y que era frecuentado por figuras públicas como Sarmiento y Dardo Rocha.
El citado censo se realizó dos años después de un hito trágico en la historia de Capilla del Señor. A mediados de 1867 un brote pestilente se abatió sobre el pueblo. Las versiones más confiables atribuyen a un episodio habitual el origen de la tragedia.
De acuerdo a las crónicas de época , uno de los numerosos carros que traían frutas desde la localidad de San Fernando estacionó como siempre en la plaza central, entonces llamada San Martín. Como siempre, también, la población se arracimó para llevarse la mercadería más fresca. Lo terrible fue que los frutos eran frescos, pero contaminados con un virus implacable para entonces: el cólera. Esa misma noche, un verdulero murió luego de consumir uno de los frutos. El diagnóstico del deceso lo realizó un médico de apellido Priestley. Las autoridades, desconcertadas, solo atinaron a desprenderse del muerto, arrojando al arroyo sus ropas y la mercadería que había comprado. Y sepultaron el cadáver en el cementerio local sin que mediara ninguna acción preventiva.
Y como era de esperar, las consecuencias comenzaron a desencadenarse en proporción geométrica. Una tras otra comenzaron a aparecer nuevas víctimas. Al día siguiente, la cantidad de afectados crecía de modo alarmante. Comenzó a hablarse de epidemia. Impotente, la población apelaba a cualquier recurso – científico o mágico- para enfrentar la amenaza. El fuego, mítico y esencial , y el humo consecuente eran herramientas generalizadas. Se quemaba todo. No existía otro concepto para desinfectar.

Junto a estatuas de santos, ardían terrenales colchones, ropa y cualquier objeto sospechable de haber contactado al virus asesino. Esta calamidad motivó a la construcción el Antiguo Lazareto, cuyo frente puede verse hoy en la intersección de las calles Mitre y Alsina. Muchos sobrevivieron y los muertos fueron apilados en carros y arrojados a una zanja común, abierta al espanto del otro lado del cementerio.
Visto a la distancia, sorprenden las medidas establecidas para que el personal que se desempeñaba en los campo santos observase diariamente. Vale rescatar algunas de las que figuran en un reglamento de 1868:
*Quienes mueran repentinamente o luego de pocas horas de enfermedad, deberán ser observados durante 30 horas, permaneciendo sus ataúdes destapados. Deberá atarse a la muñeca del difunto un cordón unido a una campanilla existente en el cuarto del guardián a fin de que éste se entere del mínimo movimiento posible.
* Todos los cadáveres deberán ser enterrados bajo tierra, a un metro por lo menos de profundidad.
*Los cadáveres de los invadidos ( por la epidemia ) serán enterrados seis horas después de su fallecimiento, debiendo cubrirse con una capa de cal viva y colocarse en cajones herméticamente cerrados.
*Tanto en los cementerios como en cualquier otro establecimiento público que dé lugar a emanaciones miasmáticas deberán practicarse las fumigaciones nitrosas, por lo menos tres veces al día.
Según estimaciones de entonces, el cólera costó al país más vidas que las bajas ocasionadas por la Guerra del Paraguay. La epidemia de fiebre amarilla producida entre 1870 y 1871 provocó más de 13 mil muertes y desató el éxodo de la población porteña –especialmente, la más adinerada- hacia el norte de la provincia.

Huellas del pasado
En junio de 1871, Manuel Máximo Cruz, un destacado docente que por entonces ejercía como preceptor –es decir, maestro y director- de la Escuela Elemental Urbana de Varones Nº 1 de Capilla del Señor , una de las más antiguas de la provincia, fundó el semanario "El Monitor de la Campaña", considerado por muchos como el primer medio periodístico que alcanzaba el área rural bonaerense. Para su realización debió importarse de Francia una imprenta plana de marca Marinoni, accionada a mano, que llegó al pueblo luego de atravesar el Atlántico y ser trasladada por tren y carreta hasta la sede del periódico: un pequeño taller de tipografía ubicado sobre la calle Rivadavia y conocido como La Imprenta Escolástica. El 19 de junio Cruz editó el primer número del semanario. Uno de sus más estrechos colaboradores en el aspecto redaccional fue Carlos Léeme, francés de nacimiento pero profundamente comprometido con la realidad del campo y su gente. El éxito del periódico no se hizo esperar y el hecho de que por entonces el país salía de la sangrienta Guerra con el Paraguay, Capilla no superaba los 4000 habitantes y su distancia con Buenos Aires era –para la época- considerable, le hizo escribir a Léeme "estos factores, a primera vista adversos, resaltan la trascendencia de nuestro medio".

 

Los objetivos éticos y profesionales del Monitor quedaron fijados en su primer editorial. Allí, bajo el titular "A los habitantes del Norte de la Campaña", puede leerse: "Hemos fundado este periódico semanal inspirándonos en las necesidades de estas localidades. Hemos resuelto que nuestro medio sea esencialmente rural, abarcando las dos grandes secciones de la explotación rural: la ganadería y la agricultura. Intentaremos mezclar lo agradable a lo útil. Para todo ello, nos hemos asegurado también la colaboración de inteligentes corresponsales en los partidos vecinos. Si desgraciadamente –concluye el texto- la población de estos partidos, desconociendo sus intereses o nuestras intenciones, nos rehusa la protección, tendremos que caer y dejar andar las cosas como andan desde la época colonial, poco mas o menos; pero, de pie o caídos, enseñaremos siempre con orgullo nuestra bandera, porque su lema es el bien público".

En la madrugada del sábado 5 de octubre de 1872, un año y meses después de fundar el semanario, Manuel Cruz falleció, repentinamente, a los 34 años de un "ataque apoplético fulminante", según rezan las crónicas de entonces. Un año más tarde, el domingo 28 de diciembre de 1873, salía el último número del periódico. La proliferación de publicaciones similares que siguieron a su lanzamiento y la competencia que esto implicaba provocaron inconvenientes económicos que precipitaron su fin. Los dos años y medio de vida le habían permitido distribuir 133 ediciones.

Léeme no se limitó a continuar la edición de El Monitor y sostener su estilo editorial tras el fallecimiento de Cruz , sino que, además, desplegó una vasta y provechosa tarea como empresario rural. Nacido en Saint-Maló, El Galo –como le gustaba ser llamado- organizó en Capilla una explotación agrícola-ganadera dedicada fundamentalmente a la cría de ovejas de raza para la industria lanera. Y lo hizo en las mismas tierras que posteriormente adquiriera José Hernández para montar su estancia Martín Fierro.
Si alguien se pregunta cuál fue el destino de la reliquia impresora del siglo 19 que dio origen a El Monitor de la Campaña, puede respondérsele que fue localizada a principios de los años 70 en la ciudad bonaerense de Laprida, donde se encontraba en venta. Por fortuna, fue recuperada para la ciudad de Capilla por los fundadores del Museo del Periodismo Bonaerense -inaugurado el 14 de septiembre de 1972- y se encuentra actualmente en su sede, Rivadavia 284. Quien se acerque a esa maravilla de hierro podrá leer su forjado documento de identidad: "Marinoni – 96, Rue d'Assás, Paris-Nº 7293".

Las postrimerías del siglo XIX fueron testigos de un hecho trascendental en la historia del pueblo: en julio de 1892, precisamente, se fundaba la Estación Capilla del Señor, escala ferroviaria en el ramal Victoria-Vagues, que supuso una fantástica vía de tráfico entre la zona y la ciudad de Buenos Aires. Se sabe que en sus años de esplendor circulaban diariamente más de ochenta trenes locales, con servicios directos a Victoria-Retiro-Pergamino-Venado Tuerto-Río Cuarto-Río Tercero-Córdoba-Casilda-Corral de Bustos y Luján.

Los nuevos tiempos
El nuevo siglo encontró una ciudad decidida a crecer. Su vida comercial era intensa y forjó historias que permanecieron intactas a través del tiempo. Una de las más recordadas fue la que enfrentó a dos decididos almaceneros locales. Por esos años, don Manuel Ballesteros regenteaba en la esquina de Urcelay y Mitre su local El León, dedicado a ramos generales. Un competidor, de apellido Viola, instaló a pocos metros su propio almacén, al que bautizó - siguiendo la misma vertiente felina- El Tigre. Con un ojo puesto en su clientela y el otro en la del rival, ambos se propinaban zarpazos dirigidos a robarles parroquianos. Tal era la vehemencia de la disputa que rebajaban alternadamente el precio de ciertos productos de gran salida, llevándolos a cifras irrisorias. Los vecinos, obviamente, no solo disfrutaban del duelo sino que se beneficiaban con sus compras.

De esa época data, también, la presencia de un artista popular de singulares características y reconocido talento: Marciano Montalvo. Nacido en 1867, y ciego desde los cinco años por causa de la viruela, fue uno de los músicos más respetados de la campaña vecina. La versatilidad de "El ciego Felipe", como lo apodaron, le permitía tocar, con excepcional maestría, guitarra, violín, bajo, contrabajo, saxo, flauta, acordeón, clarinete y piano. Además de extraordinario payador, Montalvo era un especialista en el Martín Fierro . Organista de la iglesia local y director de la banda de música del pueblo, fue discípulo de maestros de la talla de José Bard, Alejandro Vilotti, Santiago Vaccari, Andrés y Alfonso Butri. Su casa, ubicada en la esquina de Belgrano y Sosa , fue sede de la Primera Academia de Música que funcionó en Capilla del Señor.

En las primeras décadas del siglo XX, con la inmigración europea como telón de fondo, Argentina vivió un fenómeno similar - aunque en menor escala – al registrado en Estados Unidos por esos años: el de las organizaciones delictivas cuyos modus operandi las catalogaron en el rubro "mafiosas". Estaban integradas, fundamentalmente, por inmigrantes y descendientes de italianos del sur de la península, y aplicaron en estas tierras cierto know how experimentado con éxito en sus países de origen: protección a coterráneos a cambio de pagos compensatorios, secuestros extorsivos, prostitución organizada, juego clandestino y delitos comunes. En nuestro país, Rosario fue –más por la personalidad de los protagonistas que por su estructura en sí- un ejemplo de esa transferencia "cultural". Se llegó a rebautizarla como La Chicago Argentina. Uno de esos personajes fue Juan Galiffi, apodado Chicho Grande, comparado con Al Capone y que a pesar de las abrumadoras acusaciones en su contra jamás pudo ser condenado, por falta de pruebas.

Cuando los historiadores y cronistas de época recalan en ciertos episodios trascendentes, las grandes ciudades aparecen como escenario ideal para el estudio de los mismos. En nuestro caso, ¿quién podría sospechar que un paraje idílico, pastoril como Capilla podría haber albergado a personajes de estas características? Pero los tuvo. Entre 1920 y 1930, el pueblo vivió –proporcionalmente a su estructura- un período violento equiparable al de la Chicago santafesina. Llegaron a mencionarla como La Calabria Chica, respaldando el mote con los incidentes que se registraban habitualmente y al enfrentamiento entre bandas que competían por el mismo botín. Pero un dato es elocuente: gran parte de los pobladores adinerados de la zona iban armados. No solo la delincuencia común justificaba ese cuidado: las diferencias políticas no solían dirimirse en estrados parlamentarios.

En 1940 Capilla del Señor tuvo, por fin, su escudo oficial. El mismo fue concebido tomando referencias históricas y legendarias, localizadas en sus orígenes y simbolizadas por cuatro íconos: el primero, con fondo azul, alude a la cruz encontrada por Barragán; el segundo, con fondo blanco, recuerda a la carreta portadora de la imagen de la Virgen de Luján que, en 1630, se detuvo en la Cañada de la Cruz; el tercero, también fondeado en blanco, representa la fertilidad de sus tierras, y el cuarto, con fondo rojo, sintetiza un reconocimiento al rol de pionero que, en lo cultural, desempeñó el pueblo para la provincia de Buenos Aires.

Medio siglo después, en 1994, un decreto del Poder Ejecutivo hizo justicia con tantos años de aporte al crecimiento económico y humano bonaerense desplegado por esta ciudad , declarando a Capilla del Señor "Bien de Interés Histórico". En el año 2000, con una población que orillaba los 24 mil habitantes, Capilla festejó su aniversario 265.

Junto a los nombres de quienes forjaron su pasado, se suman incontables figuras contemporáneas: la del excepcional historiador Félix Luna, quien vivió mucho tiempo en la zona, o la del escritor Rodolfo Walsh, quien estudió en el Instituto Faghi y lo recuerda en su cuento "El 37", incluido en "Los Oficios Terrestres". Aludiendo a la obligación de sus padres de abandonar Azul, donde vivían, y recolocar a sus hijos, escribe: "Mis dos hermanos mayores fueron a casa de la abuela en Buenos Aires; la más chica se quedó con ellos en una pensión de la calle Moreno; con nosotros no sabían qué hacer. Héctor tenía ocho años, yo, diez. Alguien les dijo que en Capilla del Señor había un colegio irlandés para huérfanos y pobres. Nos llevó mi padre. Recuerdo el día: 5 de abril de 1937".

 


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